Carla de Oyarbide

Llegar a Buenos Aires es –como supongo será en la mayoría de las capitales y grandes ciudades del mundo- recibir (sin anestesia ni aviso previo) un sinfín de golpes en el estómago y de bofetadas en pleno corazón, es sentirse hundir en un cúmulo de imágenes incesantes, tan densas y viscosas que se te pegan en las retinas y quedan allí adheridas por horas, días, años...
Estar en Buenos Aires es tener que adormecer un poco más la conciencia si se quiere transitar por sus calles y no desfallecer en el intento, es quedar fibrilante en el límite de tus cabales ante esa continua visión de ojos rojos y de cuerpos ya amorfos vaciados de humores y esperanzas.
Buenos Aires es la ciudad de los contrastes por antonomasia: lo añejo y lo nuevo se funde y confunde en las viejas casonas de barrio y en los shoppings de grandes vanidades, en sus museos y centros culturales geniales y en sus altos edificios de vidrios espejados con grandes carteles de marcas foráneas en sus estructuras, en sus ricos de autos importados y en sus pobres sin zapatos ni abrigo...
Ya se sabe que Buenos Aires es cosmopolita... ecléctica y todas esas palabras que suenan tan bien...

Pero Buenos Aires es más que un lugar elegido por el turismo extranjero por pura conveniencia económica... cuando la miras a la cara, cuando la ves y estás allí, te devora, te va consumiendo, poco a poco.
Tanta gente por doquier, cientos de personas sin cabeza, miles de autómatas a sólo pasos de recibir su postgrado de Zombies, deambulan con o sin destino, caminan sin sus piernas con tanta prisa – como si no supieran que se van a morir igual – que casi no puedes ver ni sus contornos ni sus colores. Son sólo algo un poco menos escatológico que una gran escupida grisácea expulsada minuto a minuto por las arterias y conductos enfermos de esta contradictoria ciudad.
Y si hasta las estatuas de las plazas se quieren escapar pero ella no las deja... nadie las ve detrás de las oxidadas rejas, nadie ve tantas estatuas ni tantas palomas hinchadas que se despluman ante mis ojos por tanto hollín y humedad.

La suciedad ha instaurado su reino entre el cemento y los corazones (sí, todavía hay corazones) de las personas, ha tomado las casas con cada uno de su rincones infinitos y ha petrificado, un poco más, el sentir del vecino que mira pero nada ve, no ve nada de toda la inmundicia que frente a sus ojos se erige triunfante.

Y ¡maldición! una vez más tengo que ver un par de ojos rojos arrojados en el abismo de las entrañas hediondas de esta ciudad: toda tu vida es pública, tu cuerpo y el arrebato de tu dignidad son una fotografía inhumana que todos miran pero nadie ve: ¡horror!... todos se han acostumbrado a ella... Están todos dormidos.
Es mentira la frase que dice que Buenos Aires no duerme, es una mentira atroz: Buenos Aires duerme inmersa en un sopor crónico las 24 horas del día los 365 días del año, sólo así es posible soportar tanta miseria, tanto contraste perverso e indiferencia. Sólo estando dormido se puede vivir en esta ciudad.


Buenos Aires con tu “businessman” que chequea los mails o que sé yo qué en su portátil sobre la mesa de algún café céntrico... Con mis ojos fijos mirando hoy en tu ardid tecnológico la manzanita de la perdición (o de la Cenicienta: ha mordido, ha caído dormida): la veo impresa sobre la tapa brillante mientras el pibe, al otro lado del vidrio – hay cosas que no cambian Discepólo – mira con ojos rojos el tostado de jamón crudo y queso que va desapareciendo en la boca de ese otro “Otro”, también dormido.
Y en la otra esquina un tango resucitado suena desde ese lugar sin nacimiento y el fantasma de algún bailarín de tango mueve sus pies de éter al compás de una pena, el desengaño, una ilusión o el hastío evacuados a través del recto de una histórica boca cansada.

Y yo también soy un ser humano, soy argentina (¿qué carajo será ser argentino?) y me duele el alma, muchas veces ante ciertas visiones me duele tanto el alma...