Carla de Oyarbide

-Qué desolador fue mi primer día de jardín, lloré y lloré toda la tarde, y la pobre “seño” se la pasó tratando de llamar mi atención con una guitarra y alguna que otra canción de mariposas, juegos y caramelos, inútil intento.

-Qué bueno era cuando no veía más que la pollera de mi vieja… decían que me escondía (literalmente) detrás de ellas.

-Qué gracioso fue cuando le convidé a una amiguita de la escuela primaria (¿era en segundo grado?) un caramelo de coco, y al rato ella me dijo “tiene algo duro”, a lo que le respondí, “no te preocupés debe ser un pedacito de coco”… “Pero es muy duro”, me insistía… Escupió lo que quedaba del caramelo… junto con un diente de leche.

-Qué extraño era entender que tenía otra hermana… que un verano apareció…

-Qué fea impresión el día que “descubrí” la muerte en el cuerpo decapitado de una paloma que seguía moviéndose por puro reflejo…

-Qué vergüenza me daba que un chico me mirara…

-Qué más bronca me daba tener que correr 4 o 6 vueltas manzanas en las “brillantes” clases de gimnasia cada vez que se acercaba la finalización de un trimestre, cuando el resto del año no habíamos hecho nada, ni siquiera batido las palmas…

-Qué poco cómoda me sentía cuando mi cuerpo crecía y crecía… (más del promedio)… y no podía ni sabía bien como manejarlo.

-Qué desilusión el día que me di cuenta que mis viejos también eran humanos.

-Qué soledad, por momentos, qué desasosiego, por otros, en la adolescencia…

-Qué sensación tan extraña mi primer beso.

-Qué bueno cuando tomé conciencia de que comía cadáver… y dejé de hacerlo.

-Qué inexplicable fue cuando me subí por primera vez a un escenario… todavía siento las sienes palpitantes…

-Qué emoción el día que algo desperté… y sigo en pleno proceso de despegar los párpados…

En fin… qué recuerdos retaceados… o que vagabundos recordados… o que retazos de recuerdos vagabundos en mi mente.

Carla de Oyarbide

Se me agolpan tantos sentimientos y los siento fibrilar en la cornisa de mis párpados inferiores… a veces no sé si soy yo o son ellos… pero las personas (¿qué personas, Carla?) siguen sorprendiéndome… y sé que no hay que esperar nada de nadie ni demandar… Sé que cada uno da hasta lo que puede… hasta lo que su nivel se lo permite (de hecho así tú lo haces).

Pero también sé que cuando alguien da, de corazón, sólo hay que aceptar… y para esto hay que ser receptivo, y estar en una disposición abierta y afable. Pero también hay veces en que me doy cuenta que este estado no siempre es sinónimo de una misma sintonía (¿no debería serlo así??), a veces el espejo se opaca, o nubla, se abulta y desde una especie de tumor refractado una mano emerge desde esa otra dimensión que refleja esta dimensión de una ficticia sucesión…de ¿hechos?... y, desde allí, desde esa dimensión desconocida una nueva cachetada se proyecta y me sacude…

Sé, sé que también tengo mis errores, mis miedos, mis estupideces y mis fallas (¡y tus virtudes!)… pero hay ciertos valores que creo esenciales, y estoy dispuesta a ponerme de su lado… y alejarme -sólo alejarme- de quiénes no los profesen -no es falta de tolerancia, sólo es elección-… no puedo entender cualquier relación -o seudo relación- humana sin respeto, sinceridad y simpleza… comunicación… -y no sólo palabras, las palabras muchas veces son meros vestidos sin un cuerpo en su interior- (Qué metáfora rústica… ¡pero se te vino a la cabeza! Como todo este escrito, sólo es escupido desde algún otro rincón invisible… pero interno, tuyo)

¿Por qué sigo topándome con cierta desconsideración…? será que lo albergo en mi interior y por eso se proyecta en mis relaciones… No, no es cierto… la gran mayoría de mis relaciones se basan en estos principios… y las disfruto y valoro…

Sólo son fantasmas del pasado… que yo me empeño en volver a insuflarles vida… a veces… o… Maestros, ¿tal vez?... que me ayuden a darme cuenta de esto: lo realmente importante… Ya lo sé, vida, no necesito que me lo recuerdes más…

Te libero… y me libero.


(Ahora sí, vuelve a tu trabajo...)

Carla de Oyarbide
Recién llego de pasar unos días en la Capital de la República Argentina: la cosmopolita y enigmática ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires: ciudad que susurra desde sus recónditos rincones, desde sus plazas, sus monumentos, toda su historia. Ciudad que ha sido siempre presentada al mundo como la poseedora del perfil más “europeo” de la gran cantidad de populosas ciudades de Latinoamérica.

Buenos Aires, uno de los centros turísticos estelares de Sudamérica. Sea por ese misterio urbano que habita en ciertos lugares, por esa conjunción exótica y atractiva de todo eso antiguo y todo aquello nuevo que se mezcla y se funde entre sus calles y avenidas, por esa misma fama de “europea” que ya se ha mencionado, o, simplemente, por el valor del dólar que la hace ser un lugar muy accesible para los extranjeros, sea por el motivo que sea, pero lo cierto es que es casi imposible caminar por alguna de las tantas y entreveradas calles porteñas sin escuchar los ecos de todo tipo de lenguas y acentos.

La Capital de Argentina ofrece de todo, turísticamente hablando: no sólo una gran cantidad de servicios hoteleros y gastronómicos, sino también, y sobre todo, un amplio e interesante abanico de opciones culturales, no sólo autóctonas sino también foráneas –y es aquí donde radica, precisamente, lo amplio e interesante de su oferta: en su diversidad-.

Desde 1967, se alza en el barrio de Palermo el Jardín Japonés: un pulmón de árboles nativos y pequeños bonsáis en macetas propios de aquélla tierra distante perteneciente a otra cultura tan enigmática como rica en tradiciones, la oriental, todo un escenario paradisíaco que incluye un lago, varios puentes, y configura una representación viva de los tradicionales jardines que preceden a los templos religiosos japoneses (propios del budismo, el zen, entre otras doctrinas).

A través de este tipo de jardines se busca conseguir un espacio de armonía, de admiración de la naturaleza e introspección, de conjunción entre el equilibrio terrenal y la paz espiritual. Cada piedra, cada ángulo, cada elemento está cuidadosamente colocado o diseñado en un determinado lugar para ser la pieza precisa que conforme ese cuadro maravilloso que encierra en cada uno de sus componentes una gran simbología.

Este jardín en particular, anclado como se dijo en uno de los barrios más extensos de Buenos Aires, Palermo, dentro de los territorios pertenecientes al Parque Tres de Febrero, fue construido como muestra de agradecimiento de la colectividad japonesa para con el pueblo argentino. Además, su inauguración coincidió con la visita de los entonces Príncipes Herederos de Japón, Akihito (actual emperador) y Michiko (hoy, emperatriz).

Desde sus inicios este bellísimo jardín ocupa una superficie que supera las dos hectáreas. En 1977, al cumplir sus diez primeros años de vida, este lugar fue rediseñado por el ingeniero paisajista Yasuo Inomata, quién se inspiró en los Jardines típicamente Zen para realizar dicha remodelación. Finalmente, y dos años después, en 1979, se efectuó una segunda inauguración.


Otros de los atractivos de este espacio verde de ensoñación y descanso son sus puentes y cascadas: con respecto a los primeros, hay uno principal, llamado Puente de Dios, de color rojo y curvo, de difícil acceso y que simboliza el camino al paraíso. Al cruzar este puente se llega a la “Isla de los dioses y los tesoros”, en donde a su vez hay una pequeña cascada que representa el origen de la vida.

Hay un segundo puente, llamado “Puente de las Decisiones” (Yatsu-Hashi), o también conocido como Puente Truncado, cuyo diagrama de ocho dobleces representa la importancia de las cosas pequeñas de la vida. Tras este puente también se puede encontrar un lugar con cascadas y alta simbología llamado “Isla de los Remedios Milagrosos”.

Además de todos estos puentes, caminos, caídas de agua y rocas, y volviendo a la órbita mundana, en el Jardín Japonés también se puede comer: hay un restaurant de comida japonesa y la infaltable casa de Té (se sabe que para la cultura japonesa tomar el té es todo un ritual). De hecho, se realizan de manera periódica demostraciones gratuitas de esta ceremonia tradicional que conjuga la sencillez, el formalismo y la bebida de esta infusión casi sagrada –representada, sobre todo, por la especie verde, por el té verde-.

Asimismo, se pueden destacar el Monumento al Inmigrante Japonés y La Campana de la Paz, con la que se celebra, todos 21 de Septiembre, el día de la Paz Mundial.

Finalmente, se debe mencionar que hay allí un vivero en el cual se puede adquirir una gran cantidad de especies propias de Japón y los tradicionales bonsái: una representación en pequeño de la belleza y perfección de la naturaleza.

Para saber: este lugar permanece abierto durante los 365 días del año, se ofrece una extensa y variada agenda cultural: desde charlas y conferencias, exposiciones y muestras, hasta seminarios y cursos.

Para lo que resta del mes, hay programados seminarios de Shiatsu, demostraciones de Aikido y meditaciones zen. Para obtener toda la información con respecto a estas y otras actividades visita la página oficial del Jardín Japonés de Buenos Aires.

Si estás en Buenos Aires, no te lo pierdas, puedes visitarlo en la Av. Figueroa Alcorta y Casares.


Publicado originalmente en Dondeviajar.es

Carla de Oyarbide
Las palomas mensajeras han sido utilizadas por los hombres desde hace cientos (por no decir miles) de años como medio de comunicación: su admirable sentido de la orientación, su capacidad de surcar los aires a grandes alturas y a velocidades para nada despreciables –más de 120 km por hora- y su fidelidad para con su lugar de origen, su palomar, las han convertido en una herramienta (viviente, claro, en esto también son particulares) ideal para los fines comunicacionales de los seres humanos.

Antes de recorrer un poco algunos datos históricos llamativos sobre estas aves, hay que aclarar que las palomas mensajeras no van a cualquier destino, sino que son unidireccionales: si han sido criadas en un determinado lugar y luego se las lleva a otro, ellas volverán a su lugar de origen una vez sean liberadas. Siempre es así, y así es como “funcionan”.

Aquéllos individuos que dedican parte de su vida a la cría y cuidado de este tipo de animales se denominan colombófilos y hay en la actualidad entidades que los aglutinan con el propósito de entrenar a estas aves y compartir experiencias en el arte de hacerlas recorrer grandes distancias.

El primer colombófilo del cual se tiene registro fue el primer faraón egipcio de la quinta dinastía: Userkaf. Y así existieron, a lo largo de los siglos, numerosos faraones, reyes y militares de todas las culturas y tiempos que continuaron con esta práctica.

La referencia más antigua a una paloma mensajera se puede encontrar en el Génesis de la Biblia, en dónde se enuncia la ocasión en la cual Noé libera una desde su Arca y ella regresa trayendo una ramita de olivo como señal de que las aguas han descendido. De aquí surgió también la idea de la paloma como símbolo de paz.

En la antiguas civilizaciones griega, romana, árabe, china, entre otras, ya se acudía a los servicios de estos pequeños animalitos aéreos: se sabe, por ejemplo, que los resultados de las competencias de los antiguos Juegos Olímpicos griegos eran difundidos gracias a sus prestaciones.

Y han sido tanto símbolo de paz como partícipes –involuntarios- de su contrario: la guerra. Las palomas mensajeras han sido muy empleadas en los enfrentamientos bélicos para llevar mensajes, transmitir los siguientes pasos y hasta para, en tiempos más modernos, llevar las noticias a la prensa.

Se podrían citar una gran cantidad de veces en que estas aves recorrieron grandes distancias sobre los campos de batallas, sobrevolando desde flechas, lanzas y espadas, hasta tanques y artillería pesada.

Como la misma historia de la humanidad está plagada de guerras (lamentablemente), las palomas mensajeras han estado allí presentes: tal fue el caso en la derrota de Napoleón Bonaparte en la Batalla de Waterloo.

Y si avanzamos más en el tiempo, y nos ubicamos en los difíciles tiempos de la Primera Guerra Mundial se estima que los Ejércitos aliados contaban con el auxilio de cerca de 600 mil palomas.

Se sabe también que durante la Segunda Guerra Mundial se sirvieron de estas aves para decidir las siguientes tácticas de guerra: a través de pequeñas cámaras fotográficas que les colocaban en las patas lograban tener imágenes de la localización y disposición del enemigo.

De hecho, muchas palomas que prestaron sus servicios durante estos dos enfrentamientos internacionales han recibido distinciones y condecoraciones: un caso especial ha sido el de la paloma del ejército inglés denominada “William of Orange” que ha quedado además como la que más vidas ha salvado: fue en la operación Market Garden, en la cual recorrió más de 400 km en menos de 4 horas y logró avisar así de los 2000 soldados que habían quedado varados e incomunicados en la ciudad de Arnhem. Por esta misión, “William of Orange” fue condecorada por el Rey de Gran Bretaña.

Más allá de la evolución científica, de los medios de comunicación modernos y de las cada vez más sorprendentes innovaciones tecnológicas, estos animalitos de sólo 400 gramos han sido en innumerables ocasiones los encargados de llevar mensajes importantes recorriendo distancias considerables con el sólo instrumento de sus alas.

Publicado originalmente en Sobrecuriosidades.com

Carla de Oyarbide
Sólo quería hacer un post sobre algunas últimas publicidades que vengo viendo en la televisión... que, por uno u otro motivo... me han dejado con la boca abierta.
Si bien soy una persona que le atrae la novedad, la creatividad, buscar nuevas formas y nuevos modos de hacer o decir (si trabajase en publicidad, o en marketing, tendria que decir de "vender")... creo que todo tiene un límite. Entre lo original y el mal gusto puede haber un hilo muy delgado... hay que tenerlo en cuenta.
Esta publicidad del nuevo Ford Ka (buscando esta publicidad en específico me encontré con que ya se ha prohibido una en Inglaterra por ser de muy mal gusto) que he visto en TV sólo puedo decir que es absolutamente espantosa (es mi opinión y tengo derecho a expresarla), demasiado mal gusto...



Algunas no son tan nuevas, pero siempre quise decir también que las de Axe son, por lo general, machistas a más no poder y, a veces, de mal gusto también...



O también...



¿Y se acuerdan de este anuncio?




En fin... debe haber más, sólo tendría que hacer una búsqueda más exhaustiva... a esta hora ya... me voy al sobre =)
Carla de Oyarbide
Hace tiempo que me ronda esta idea en la cabeza... "Enfrentar el vacío"... Y todavía le doy vueltas al asunto: qué significará, realmente, enfrentar el vacío.
Sólo creo saber (desacierto, ¿tal vez?) que no es fácil.

¿O si lo es?

A lo mejor, es lo que vengo haciendo desde el mismo instante en que nací: enfrenté el vacío, me precipité al vacío (no creo en la posibilidad de haberme precipitado desde el vacío): yo ya "estaba" o era. Eso es lo único que sé -y que cada vez se va arraigando más fuertemente en mí-.

Tengo recuerdos de mi infancia, y tengo vacíos.
Era niña y sabía que podía... sentía que todo, absolutamente todo, estaba al alcance de mi mano, porque mi interior era de algún modo vacío... pero era hermoso. Era sentir.

Hoy me da vuelta en la cabeza esta frase y algo se contradice, se contrapone... se extraña. Se me agolpan imágenes internas, sensaciones de aquél tiempo cuándo sabía que enfrentar el vacío era algo natural, y no me resultaba ajeno, dudoso o, incluso, atemorizante...
Sensaciones que se han ido ensuciando con el paso de los años... desde el momento en que creí que tenía que haber algo más que el mero vacío, que incluso debía enfrentarlo o que debía temerle...

No, el vacío no se enfrenta... Uno no debe enfrentarse al vacío como en una lucha... No es, de un lado del ring el vacío, del otro lado, mi yo... Estamos del mismo lado: del lado del vacío.
Debo rendirme al vacío... o dejar que el vacío se rinda en mí...

En fin, ¿quién sabe?