Recién llego de pasar unos días en la Capital de la República Argentina: la cosmopolita y enigmática ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires: ciudad que susurra desde sus recónditos rincones, desde sus plazas, sus monumentos, toda su historia. Ciudad que ha sido siempre presentada al mundo como la poseedora del perfil más “europeo” de la gran cantidad de populosas ciudades de Latinoamérica.
Buenos Aires, uno de los centros turísticos estelares de Sudamérica. Sea por ese misterio urbano que habita en ciertos lugares, por esa conjunción exótica y atractiva de todo eso antiguo y todo aquello nuevo que se mezcla y se funde entre sus calles y avenidas, por esa misma fama de “europea” que ya se ha mencionado, o, simplemente, por el valor del dólar que la hace ser un lugar muy accesible para los extranjeros, sea por el motivo que sea, pero lo cierto es que es casi imposible caminar por alguna de las tantas y entreveradas calles porteñas sin escuchar los ecos de todo tipo de lenguas y acentos.

La Capital de Argentina ofrece de todo, turísticamente hablando: no sólo una gran cantidad de servicios hoteleros y gastronómicos, sino también, y sobre todo, un amplio e interesante abanico de opciones culturales, no sólo autóctonas sino también foráneas –y es aquí donde radica, precisamente, lo amplio e interesante de su oferta: en su diversidad-.
Desde 1967, se alza en el barrio de Palermo el Jardín Japonés: un pulmón de árboles nativos y pequeños bonsáis en macetas propios de aquélla tierra distante perteneciente a otra cultura tan enigmática como rica en tradiciones, la oriental, todo un escenario paradisíaco que incluye un lago, varios puentes, y configura una representación viva de los tradicionales jardines que preceden a los templos religiosos japoneses (propios del budismo, el zen, entre otras doctrinas).
A través de este tipo de jardines se busca conseguir un espacio de armonía, de admiración de la naturaleza e introspección, de conjunción entre el equilibrio terrenal y la paz espiritual. Cada piedra, cada ángulo, cada elemento está cuidadosamente colocado o diseñado en un determinado lugar para ser la pieza precisa que conforme ese cuadro maravilloso que encierra en cada uno de sus componentes una gran simbología.
Este jardín en particular, anclado como se dijo en uno de los barrios más extensos de Buenos Aires, Palermo, dentro de los territorios pertenecientes al Parque Tres de Febrero, fue construido como muestra de agradecimiento de la colectividad japonesa para con el pueblo argentino. Además, su inauguración coincidió con la visita de los entonces Príncipes Herederos de Japón, Akihito (actual emperador) y Michiko (hoy, emperatriz).
Desde sus inicios este bellísimo jardín ocupa una superficie que supera las dos hectáreas. En 1977, al cumplir sus diez primeros años de vida, este lugar fue rediseñado por el ingeniero paisajista Yasuo Inomata, quién se inspiró en los Jardines típicamente Zen para realizar dicha remodelación. Finalmente, y dos años después, en 1979, se efectuó una segunda inauguración.

Otros de los atractivos de este espacio verde de ensoñación y descanso son sus puentes y cascadas: con respecto a los primeros, hay uno principal, llamado Puente de Dios, de color rojo y curvo, de difícil acceso y que simboliza el camino al paraíso. Al cruzar este puente se llega a la “Isla de los dioses y los tesoros”, en donde a su vez hay una pequeña cascada que representa el origen de la vida.
Hay un segundo puente, llamado “Puente de las Decisiones” (Yatsu-Hashi), o también conocido como Puente Truncado, cuyo diagrama de ocho dobleces representa la importancia de las cosas pequeñas de la vida. Tras este puente también se puede encontrar un lugar con cascadas y alta simbología llamado “Isla de los Remedios Milagrosos”.
Además de todos estos puentes, caminos, caídas de agua y rocas, y volviendo a la órbita mundana, en el Jardín Japonés también se puede comer: hay un restaurant de comida japonesa y la infaltable casa de Té (se sabe que para la cultura japonesa tomar el té es todo un ritual). De hecho, se realizan de manera periódica demostraciones gratuitas de esta ceremonia tradicional que conjuga la sencillez, el formalismo y la bebida de esta infusión casi sagrada –representada, sobre todo, por la especie verde, por el té verde-.
Asimismo, se pueden destacar el Monumento al Inmigrante Japonés y La Campana de la Paz, con la que se celebra, todos 21 de Septiembre, el día de la Paz Mundial.
Finalmente, se debe mencionar que hay allí un vivero en el cual se puede adquirir una gran cantidad de especies propias de Japón y los tradicionales bonsái: una representación en pequeño de la belleza y perfección de la naturaleza.
Para saber: este lugar permanece abierto durante los 365 días del año, se ofrece una extensa y variada agenda cultural: desde charlas y conferencias, exposiciones y muestras, hasta seminarios y cursos.
Para lo que resta del mes, hay programados seminarios de Shiatsu, demostraciones de Aikido y meditaciones zen. Para obtener toda la información con respecto a estas y otras actividades visita la página oficial del Jardín Japonés de Buenos Aires.
Si estás en Buenos Aires, no te lo pierdas, puedes visitarlo en la Av. Figueroa Alcorta y Casares.
Publicado originalmente en Dondeviajar.es