Carla de Oyarbide

Existe un sinfín de frases y dichos populares que se repiten una y otra vez pero que, casi con seguridad, uno no sabe bien de donde surgieron. Lo mismo sucede con ciertas costumbres y otra serie de “se debe” y “no se debe” hacer tal o cual cosa, o “se debe” y “no se debe” actuar de tal modo. El mundo teatral, no es la excepción a esta regla.

Y qué ambiente más rico para la proliferación de estas costumbres, dichos, jergas. Un teatro es más que un espejo: es varios pequeños mundos nuevos representados. Un teatro es un universo que se transforma cada nueva función, su esencia misma es el cambio –como la vida misma ¿tal vez?-.

Dejando de lado mi amor por el teatro y volviendo a los dichos propios de este universo mágico, hay uno, muy utilizado en España y otros países de habla hispana –como es el caso de Argentina- que la primera vez que lo escuché, a decir verdad, no lo comprendí y no tenía ni idea que ésa era una expresión de buenos deseos.

Hay quiénes dicen que es grosero, que es muy vulgar, y hay quiénes, al contrario, les parece gracioso o hasta cariñoso.

Me refiero a la conocida frase de “mucha mer”, la cual no significa más que un deseo de suerte en el ámbito teatral. Al parecer, desear y pronunciar literalmente “buena suerte” (será cuestión de creencias, obvio, o de supersticiones) en el mundo teatral sería más bien todo lo contrario: un augurio nefasto y para nada fausto.

Existen dos versiones principales sobre el origen de esta frase, o mejor dicho, sobre la costumbre de enunciarla como sinónimo de buenos deseos o de deseos de éxito: la primera sostiene que allá por finales del siglo XVI, sólo las personas de las clases altas podían concurrir al Teatro o al Corral de Comedias, y como ejemplares del estrato social al cual pertenecían lo hacían en sus carros tirados por caballos. Ahora bien, imaginemos por un momento qué sucede si en un lugar a cielo descubierto (¡menos mal!) juntamos una gran cantidad de caballos a la entrada: se acumularía también una gran cantidad de las heces de estos animales.

Es decir que cuánto más “mer” hubiese en el lugar, más gente y, por ende, un mayor éxito para la obra allí representada.

Hay otra segunda versión que también proviene de la época pero que alude a la calidad de nómades que tenían aquellas compañías populares de teatro: se movilizaban en sus carromatos y hacían escala en distintos pueblos, si al llegar a la entrada de uno de ellos en particular veían una gran cantidad de estiércol, esto significaba que allí había una gran feria, mercado o similar dónde poder hacer su espectáculo y luego irse en busca de otro nuevo pueblo en el cual presentarse.

También puede haber otra explicación más sencilla y de orden lingüístico: probablemente, sólo provenga de la costumbre francesa de decir “merde” como expresión de éxitos.

En lo personal, me parece muy probable que esta costumbre haya quedado como una herencia de los corralones de comedias del siglo de oro Español como también puede provenir de la costumbre francesa de pronunciar merde, o, a lo mejor, sea una conjunción de ambas.

Con respecto a la discusión de si es correcta o no, de buen o mal gusto, creo que, cualquier término que se utilice, vale más la intención con que se lo haga que el significado en sí mismo. Además, en el ámbito teatral es sólo otra de las tantas costumbres y casi con toda seguridad que ningún actor se va a ofender si antes de salir al escenario, antes de un estreno, un amigo o familiar le dice: ¡mucha mer!!


Publicado originalmente en Sobrecuriosidades.com
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Carla de Oyarbide

Navegando por la red me encontré con un listado –curioso- de características del cuerpo humano que me pareció interesante compartir:

-El sistema nervioso puede transmitir los mensajes al cerebro a una velocidad superior equivalente a 320 kilómetros por hora.

-Mientras que las orugas tienen hasta 4000 músculos, los humanos menos de 800.

-Si uniéramos todos los vasos sanguíneos y capilares de un adulto y los dispusiéramos juntos tendríamos cerca de 97.000 kilómetros.

-La sangre es seis veces más espesa que el agua.

-En el transcurso de una vida promedio, el corazón habrá impulsado suficiente sangre como para llenar más de quince millones de barriles.

-En el pulmón derecho la entrada de aire es mayor que en el izquierdo.

-Hay cerca de 10 trillones de células vivas en un cuerpo humano.

-Y cerca de 150.000 kilómetros de nervios.

-La “huellas” de la lengua también son únicas, como las digitales –de los dedos-.

No sé como se habrá hecho puntualmente para “verificar” o medir estos datos… de cualquier modo, el cuerpo humano es maravilloso y eso salta a la vista.


Vía Vitadelia.com

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Carla de Oyarbide

Si a uno le dicen “chicle”, es casi inevitable pensar en las cajitas amarillas de Chiclet´s Adams, y más aún si ya se es mayorcito –como es mi caso- y hurga en los recuerdos de la infancia para extraer imágenes de aquéllas visitas a los kioscos en busca de golosinas: las cajitas amarillas siempre estaban ahí, aunque no fueran los chicles preferidos porque no servían para hacer globos, siempre estaban presentes y llamaban la atención.

Y será a causa de esa intuición que todos tenemos que se viene esa imagen: bien certera, por cierto, ya que esos chicles fueron los primeros en ocupar el trono del reinado de las golosinas en el mundo occidental comercial moderno.

Si bien la costumbre de mascar “algo” viene de tiempos remotos, fueron Thomas Adams y su hijo quiénes, a finales del siglo XIX, encontraron la fórmula del chicle. Y, como suele suceder en los descubrimientos, de manera casual: en realidad buscaban una sustancia alternativa al caucho para la fabricación de neumáticos.

Lo cierto es que fueron lo suficientemente visionarios como para producir algo masticable que luego se difundiría al resto del mundo: la base del chicle o goma de mascar era una resina de un tipo especial de árbol originario de las zonas tropicales de Centro América –en la Península de Yucatán y el norte de Guatemala-, conocido como Zapotillo o Chico Zapote. Fue así como, Adams tomó esta sustancia y la combinó con ciertos saborizantes y azúcar, y obtuvo la primera versión del chicle.

Uno puede preguntarse cómo llegó la resina de un árbol de Centro América a manos de un inventor e industrial norteamericano, pues aquí hay dos versiones: la primera (y la que goza de mayor crédito) es que fue a través de Antonio López de Santa Anna, militar y político mejicano que se la “presentó” durante su exilio en los Estados Unidos tras haber tenido una vida política y militar activa en su país de origen –hasta fue presidente en varias oportunidades-.

La segunda versión sostiene que fue el mismo Adams quién estuvo de visita en las tierras de Quintana Roo (en la Península de Yucatán) y vio como los indígenas del lugar mascaban esta sustancia, lo que lo llevó a pensar que sería una buena idea exportarla a los Estados Unidos.

La cuestión es que en 1869, Adams solicitó la patente necesaria para su comercialización y, dos años después, la primera versión de los Chiclets Adams ya estaba a la venta en un Drugstore de Hoboken, en Nueva Jersey bajo la siguiente denominación: Adams' New York Gum No. 1 – ¡Muerde y estira!.

En principio los sabores originales de los chicles eran de regaliz y, bastante más tarde salió también la variedad tutti fruti.

Recién en el año 1880, y de la mano de un competidor, llamado William J. White, salió al mercado un chicle con uno de los sabores más populares en la actualidad: menta, se trataba del chicle Yucatán.

Algunos otros datos curiosos sobre el chicle y su origen:

-Ya los antiguos griegos masticaban resinas de un árbol: en su caso se llamaba mastic.

-Como se mencionó, los mayas y los aztecas ya utilizaban la sabia del Zapotillo, y con fines “sanitarios”: lo mascaban para limpiarse los dientes.

-La resina del abeto era también usada por los indios norteamericanos.

-Unos cuantos años después, los primeros colonos ingleses elaboraron también una goma de mascar a base de la resina de este último árbol mencionado con cera de abejas.

-Mascar chicle era una práctica muy común en los soldados de la Segunda Guerra Mundial: fue llevada a Europa por los norteamericanos, ya que aducían que masticar chicle les ayudaba a controlar la ansiedad y a reducir el estrés propio de la guerra.

-Fue a mediados del siglo pasado que se sustituyó la resina vegetal como componente principal de la goma de mascar por otros productos sintéticos –derivados del petróleo-, debido a que reducía notablemente los costos de producción.

-Hace unos años, se encontró en Suecia lo que sería el “chicle” más antiguo del cual se tiene conocimiento hasta ahora: se trata de un pedazo de resina de abedul, con 9.000 años de antigüedad, en el cual se puede observar la marca de los dientes de un individuo de la Edad de Piedra.

Publicado originalmente en Sobrecuriosidades.com
Carla de Oyarbide




Slide realizado por http://puerta-roja.blogspot.com

Carla de Oyarbide
Si tuviese que elegir una historia que contar, contaría la tuya.
Contaría la tuya, una y otra vez, la contaría como en un libreto de teatro o en un guión de cine –sí, la actuaría-, contaría la tuya porque tiene todos los elementos que cualquier historia (buena) requiere…
Le contaría al papel –o al auditorio- el gran papel de esa mirada, calma, potente, bohemia… de esos ojos encendidos y curiosos, muy expresivos.
Dibujaría la boca con mis manos, de algún modo, y trataría de reproducir –aunque sé que de manera inacabada- su frescura, su sonrisa, su caudal de alegría sonora constante… su Pequeño Gran sueño.
Sí, esta historia que contaría tendría todo eso y mucho más: tendría unos dedos delicados que delatan una espiritualidad cada vez más florecida, más sentida, más presente.
Tendría una belleza imponente… la admiración de las mujeres y el deseo de los hombres.
Tendría vocación. Tendría atención, dedicación, pasión.
Tendría mucho color.
Tendría obstáculos también, y algo de dolor (¿qué historia no tiene algo de dolor? Sirve para fortalecer en momentos muy puntuales, nada más…)
Esta historia tendría mucha creatividad, y un toque de excentricidad.
Tendría una gran sensibilidad.
Tendría mucho histrionismo -¡qué maravilla!-.
Mi historia tendría un Pequeño Gran Sueño y el impulso invisible –e inagotable- que lo moviliza.
Esta historia tendría inspiración.
Mi historia también tendría historia, claro.
Tendría una niñez en las calles de alguna gran ciudad, tendría una familia detrás y un padre artista (que hoy sería su gran inspirador y su ángel guardián).
Tendría una madre luchadora –con fortalezas y debilidades, como todo ser humano-, varios hermanos, y una escuela pública.
Tendría cambios, mudanzas, ciudades, vaivenes… tendría ríos y mares.
Mi historia tendría un poco de locura, mucho de arte y algo de poesía.
Tendría vuelcos, sorpresas, mucha realidad y algo de irrealidad…
Tendría búsqueda y encuentro.
Tendría una galleta de agua con mate y un platillo especial de chef en algún restaurante del Caribe.
Tendría un yogur a la medianoche en un hotelucho frente a la estación -y sin cuchara para comerlo-, y tendría un reloj con brillantes refulgentes en algún paseo urbano…
Tendría un hostel de estudiantes en Buenos Aires y un all inclusive en Cancún.
Mi historia tendría incertidumbre… tendría mucho convencimiento.
Tendría un Pequeño Gran Sueño.
Mi historia sería actual y se seguiría escribiendo por mucho, mucho tiempo más…
Tendría aciertos y desaciertos.
Amores y desamores, y también amistades.
Tendría un amigo que le quiera, le piense y le escriba… un amigo que le recree una historia: su historia, la historia de su Pequeño Gran Sueño.


Vos sabés: sí es para Vos... =)
Carla de Oyarbide
Hoy quiero subir un pequeño video de "Muñiz, 7 payasos esperan el tren", una obra de clown hecha por artistas marplatenses... de muy buena calidad. Disfrútenlo...

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Carla de Oyarbide

Este es una pregunta que me he hecho desde pequeña, cuando miraba este tipo de animaciones traídas de Oriente, me llamaban la atención los ojos grandes –y muy bellos, por cierto- de todos sus personajes.

Si bien no me voy a confesar ardiente seguidora del anime, por que no lo soy, debo admitir –con cierta melancolía- que sí percibo varias diferencias entre lo que era el anime de mi infancia –hace 15 o 20 años- a lo que es el de ahora.

De cualquier modo, el tema de este post no es hablar sobre ésas diferencias sino el porqué de que siempre se hayan dibujado a los personajes de los dibujitos japoneses –o incluso del manga, los cómics- con ojos grandes: para llegar a una respuesta debemos, sí o sí, remontarnos a uno de los “padres” del anime (y del manga), Osama Tezuka.

Tezuka nació en el año 1923 y comenzó a dibujar desde niño y, según se dice, hubo dos factores que lo impulsaron a hacer sus creaciones de este modo: su ferviente admiración para con otro de los grandes artífices de historias animadas, Walt Disney, y el haber prácticamente crecido y vivido en la época de la Segunda Guerra Mundial.

Si pensamos en algunos personajes de Disney, el primer Mickey Mouse, por ejemplo, sabemos que tenía los ojos mucho más grandes y expresivos que el que finalmente quedó, o ni hablar de Bambi, con ojos bien visibles y tiernos.

Se sabía que este ligero cervatillo era uno de los personajes de Disney preferidos de Tezuka, a tal punto que hasta admitió haber visto su película como unas ochenta veces.

De esto último también se desprende la segunda razón que se apuntó antes: este genial creador de manga y anime vivió en la crudeza de la guerra, la sintió en su piel, por tal motivo quiso hacer sus animaciones más “humanitarias” y, “humanas” también. Y qué mejor manera para lograrlo que a través de unos personajes con ojos grandes y bien abiertos, después de todo; siempre se ha dicho que “los ojos son las ventanas del alma”.

Fue así como este genio de la animación japonesa impulsó y propagó –a lo mejor sin quererlo- un estilo de dibujos animados que nos llega hasta nuestros días. Es que fueron muchos los seguidores de Tezuka que continuaron con su modelo y lo perpetuaron: el anime tiene –casi por antonomasia- personajes con ojos grandes. Al margen de algunas excepciones –que siempre las hay-, así es.

Algunas de las creaciones más significativas de Osama Tezuka han sido “Kimba El León Blanco” –¿posible inspiración de El Rey León de Disney?-, “AstroBoy”, “La Princesa Caballero”, entre otros.

Publicado originalmente en sobrecuriosidades.com
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Carla de Oyarbide
Parece que el ser humano siempre tiene a quién culpar de todo lo malo que le ocurre –claro, lo bueno sí que es consecuencia de sí mismo-: el culpable siempre es el Otro. Es más fácil desenfundar el dedo acusador hacia el que está adelante, o al costado o a atrás, no importa, siempre hay otro disponible a quién gatillar.

También parece que el ser humano se ha perfeccionado en maltratar a los otros... y en experimentar sobre los otros: primero fue con total descaro y falta de compasión sobre los mismos congéneres (el enemigo, el traidor, el del otro bando, otra religión, etc.), luego –y para disimular un poco- algunos prefirieron hacerlo sobre nuestros hermanos del escalón inferior en la pirámide de las especies: es decir, los animales.

¿Tendrá que ver que un tal Darwin dijo que el hombre desciende del mono? Algo así especuló en una tal teoría de la evolución basada en algo así como una selección natural de las especies.

Es curioso que ahora se intente, de algún modo, revertir esta evolución: cada vez el ser humano se esfuerza un poco más en parecerse a los monos –claro, ellos son los culpables de nuestros comportamientos-. No puedo ser menos, debo de culpar a alguien también de la irracionalidad –detesto la dupla de términos racional/irracional- que parece impregnar la cotidianeidad mundial, debe de provenir de nuestros antepasados simiescos –si me aferro a lo que sostuvo un tal Darwin-.

Ok,¿ también tendré mi cuota de responsabilidad? –pertenezco a esta especie, con eso ha de bastar-.

Retomando mi disquisición original, el hombre se ha tomado muy en serio eso de ser Superior y se ha considerado con total derecho a experimentar con los animales: no le alcanza con comerlos –¡oh si los fantasmas de las vacas hablaran o tiraran de las patas por las noches a sus consumidores!- sino también que los abre, los secciona, les introduce cánulas, los vacía, los rellena, y todo lo que se le ocurra.

Oh, ¡bruta de mí!: ¿cómo habría hecho para avanzar la ciencia, la medicina, sin el acudimiento a los animales? No lo sé. Cómo imaginar un laboratorio sin el auxilio de los simpáticos ratoncillos –Ratatouille, por favor, ¡no leas esto!-.

Bien, de los humanos pasé a los monos, de los monos a las vacas, y de las vacas a los ratones: sólo para respetar las jerarquías, claro. Y curiosamente, se utilizan los ratoncillos de laboratorio para las investigaciones científicas por tener un genoma muy parecido al humano -nada más que agregar-.

En fin… las vacas y los ratones sí que tienen a quién culpar de sus desgracias: a los humanos.

Todo este prolegómeno vagabundo de humanos, monos, vacas y ratones no es más que para declararme absolutamente en contra de esto:

Lo único que falta que ahora también se quiera obligar a los ratoncitos ¡a acudir al gimnasio a levantar pesas!

Si seguimos así ¿para cuándo el postrecito Ser 0 % de calorías, la depilación definitiva o el bótox en los pómulitos ratattoulliescos??


¡Qué simpático ratoncito! Por lo menos no está en un laboratorio… GLUP

Carla de Oyarbide

Hoy es la celebración de San Valentín: ¿preparaste algo especial para tu amado/a? ¿Tendrán una cena romántica a la luz de las velas? O, a lo mejor, como es mi caso, sólo verás en la calle pasar con una sonrisa -al menos al principio, hasta que vuelvas a caer a la realidad- cerca tuyo decenas de parejitas acarameladas y pegoteadas.

En fin, más allá de cuál sea la situación sentimental actual en la que te encontrés, tené presente esta premisa: El amor –y todas sus manifestaciones- en cualquiera de sus formas es Todo, -o al menos, casi todo-, incluso para el bienestar y salud de tu cuerpo.

Cualquier y toda demostración de afecto, ya sea un beso, una caricia, un abrazo o hasta un apretón afectuoso de manos, es esencial para una vida plena y feliz.

Ahora parece que estos asuntos forman parte también del temario de los investigadores: buscan explorar en el cerebro para ver cómo estas “prácticas” pueden ayudar al corazón, fortalecer el sistema inmunológico y hasta bajar la presión arterial.

Se está comprobando científicamente que el amor, el cariño y sus muestras desencadenan una serie de fenómenos dentro del organismo que puede desacelerar el ritmo cardiaco y la presión arterial, y fomentar la producción de ciertos químicos cerebrales que influyen en el estado anímico, mejorándolo.

He aquí algunos ejemplos:

-Un investigador Japonés encontró que aquéllos hombres y mujeres que padecen erupciones alérgicas crónicas o fiebre del heno (rinitis crónica estacional) y que pasan un buen rato besándose con sus parejas, tienen un descenso brusco de la inmunoglobulina E en la sangre, que es uno de los anticuerpos principales que desencadenan las alergias.

-En otro estudio, se le pidió a una pareja que se tomaran de las manos por varios minutos y que luego se abrazaran por 20 segundos y se comprobó que inmediatamente su ritmo cardíaco y su presión arterial habían descendido.

-También se ha comprobado, por ejemplo, que aquellas mujeres con un cuadro de estrés pronunciado, al tomarse de las manos con sus parejas, experimentaban un gran alivio a sus síntomas.

Bien, estos son sólo algunos puntos para tratarse cada vez mejor, manifestar nuestro amor a las personas queridas y, no sólo hoy, que es San Valentín, sino los 365 días del año. =)

**LoVe**

All you need is love, -love is all you need-, all you need is love,

love, love, love is all you need.


*Originalmente publicado en Vitadelia.com -aquí, con ciertos retoques-

Carla de Oyarbide

En Marzo... ¡nos vamos para Capital!

Quedan todos informados, y al que le guste el teatro (de calidad, jeje) espero verlos en Puerta Roja... Lavalle 3636 (Almagro, Capital)

Más información sobre "Una sociedad secreta"; "Ponerse en Pie", "UBÚ, un beso único" y "Después del final de la palabra".