Carla de Oyarbide
Llevó días ya sin editar entradas, y no me gusta... pero entre el viaje, idas y vueltas varias, encuentros y reencuentros esperados, gozosos o un tanto extraños (lo que, de cualquier forma, no le quita su cualidad de haber sido agradable), el advenimiento de una nueva integrante a la familia y el momento -espero sea breve y pasajero- de angustiosa sequedad mental por la que estoy atravesando, han hecho que haya pasado más de una semana sin que mi blog reciba nuevos aportes de mi parte... por ello, he decidido esta noche "desempolvar" otro de mis archivos originarios de mis años de "estudio" periodístico... En esta ocasión, es el turno de una crítica de Los Pichiciegos, novela de Rodolfo Fogwill...

Una ficción no tan ficción

Los pichiciegos, visiones de una batalla subterránea; Rodolfo Enrique Fogwill, Buenos Aires, Sudamericana, 1998.

“El pichi guarda, agranda, aguanta”, esta frase textual es muy ilustrativa a la hora de intentar un primer acercamiento al mundo oscuro, velado, monótono e inconcebible de los “pichis”.

Los pichiciegos es un libro cargado de crudeza y significación que fue escrito por Rodolfo Enrique Fogwill en junio de 1982, cuando la guerra de Malvinas estaba ya a pasos del inexorable final. Anticipatoria por la previsión del desenlace, ácida por la profundidad con que logra dibujar con palabras la rispidez de la guerra, tragicómica por el modo casi irónico en que allí se narran los terribles sucesos acontecidos en la isla durante la guerra, esta novela constituye, sin lugar a dudas, un punto de inflección en la narrativa argentina de principios del 80.

En este relato, Fogwill consigue, gracias a su aguda y talentosa pluma, construir una historia verosímil en ese contexto tan hostil como es el de un conflicto bélico. Un grupo como el de los “pichis” bien podría haber existido: soldados desertores que se hubiesen ocultado en una fosa subterránea, alejados del eje de los enfrentamientos, prácticamente aislados del mundo circundante, cuyo único objetivo fuese el de sobrevivir a cualquier precio.

Si bien Los pichiciegos es uno de los iconos más representativos de la literatura de Fogwill, no es el único. Esa libertad narrativa, esa audacia temática, esa habilidad para escribir y perspicacia para afectar el mundo íntimo del lector, ya han sido desplegadas por este autor argentino en otras producciones como Mis muertos punk (1980), Música japonesa (1982), La buena nueva (1990), Vivir afuera (1998) o La experiencia sensible, novela de más reciente edición.

En esta historia las contradicciones humanas, las bajezas y los recelos no escapan a la concatenación de su trama. Y es que en una guerra todo es posible: los valores pierden su orden jerárquico y se mezclan en una extraña conjunción que todo lo permite, desde la transacción de información por víveres y demás elementos necesarios para la subsistencia con el enemigo, hasta el autoritarismo liso y llano de manipulación de voluntades.

Fogwill, quién nació en Buenos Aires en 1941 y se recibió de sociólogo en la Universidad pública es un escritor que, además de ser auténtico a la hora de escribir, ha demostrado estar comprometido con la realidad que le toca vivir. La mayoría de sus ficciones están emparentadas con algún acontecimiento producido en el mundo real: así sucedió en la década del 80 con Los pichiciegos, o en la del 90 con Vivir afuera, novela en la que se exponen las consecuencias individuales y colectivas de las modas e ideologías imperantes durante la época del menemismo.

En Los pichiciegos se narran las sensaciones, las impresiones subjetivas propias de la guerra, y entre ellas, se destaca el miedo: “Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, (...) y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traés aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en medio de la lastimadura”.

También se representa con destreza vívida el mundo físico de los “pichis”, aquéllo que los circunda con todos sus objetos, sus matices, sus olores y demás características. El libro comienza con la descripción de “esa nieve”, la de la isla, tan diferente a la “otra nieve”, a la blanca y conocida: “Que no era así, le pareció. No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. (...) Pero esa nieve ahí, amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo (...) se hacía marrón, se volvía barro”.

Y estas líneas son sólo ejemplos para hacerse una mínima idea de la claridad con la cual refiere Fogwill, del lenguaje directo y certero con el cual logra pintar un cuadro tan sombrío y perturbador como el de una guerra. Una ficción que, considerada desde el punto de vista de su precisión representativa, no es tan ficción.

Carla de Oyarbide