Carla de Oyarbide
El mate tiene historia, sí, pero más que su historia, tiene miles de historias, historias anexas como miles de satélites a su alrededor, algunos gravitando en soledad, otros superpuestos, pero todos entrelazados de forma tal que conforman un solo cuerpo inmenso (aunque intrínsecamente heterogéneo): su Historia –con mayúscula-.

Porque la verdadera historia de algo no lo compone sólo su origen, su desarrollo y, en caso de haber llegado a un fin, su desenlace. La verdadera historia de algo también está escrita por las múltiples historias que, de algún u otro modo, suscita.

En el gran libro de la Historia del mate, en alguna de sus verdes páginas, se encuentra aquélla tarde de sol –lejana en el tiempo ya- en que leías ansioso la carta de tu amada y con una lágrima aflorando de tu ojo izquierdo comprobabas que ella, a pesar de todo, te seguía amando. También puedes hallar la noche en vela, junto a tu mejor amigo, en que aguardabas la llegada de tu primer hijo, y una cebada más antes del grito de tu mujer y de salir corriendo para el hospital… o los festejos estudiantiles de la llegada de la primavera, con música de los Beatles, o de Soda Estéreo, o de los Babasónicos (según la época) de fondo, con los sandwichitos ya medio derretidos de tanto calor y, claro, el infaltable mate que pasaba de mano en mano.

La tardecita en la costa, junto al mar, y tus hijos que revoloteaban de aquí para allá mientras tus labios se posaban en la bombilla y absorbían, una y otra vez, el verde líquido que volvía a nutrirse de tu vida de mujer… o cuando ya éramos viejos y sólo nos quedaba seguir compartiendo los mates a la mañana mientras leíamos el diario o escuchábamos las noticias en la radio.

El mate ha vivido –y tomado sus historias- en los conventillos, en las casas, en las pensiones, en los hospitales, en las universidades, en las oficinas, en todos lados… y cómo no mencionarlo: en los campos, porque sí, no podemos olvidar su origen, cuánta yerba mate disecada y elaborada de manera artesanal en las extensas tierras del litoral o las pampeanas – sólo por mencionar algunas de las zonas habitadas por los guaraníes- y luego cebada ante la impasible mirada de Ka'a Jarýi (la diosa de la yerba mate).

El libro de esta Historia es muy extenso, y no ha terminado. Día a día, las fábulas se siguen sumando, siguen surgiendo de cada uno de los rincones de estas tierras. Más allá de lo inconcluso de esta Historia, imagino un párrafo aparte, escrito con letras grandes y ubicado en la contratapa, un párrafo compuesto por la variedad de aditivos que se le pueden agregar al mate: hierbas o yuyos varios, café, cáscaras de limón, de naranja, y hasta, según dicen por ahí, algunos gauchos le agregaban ginebra (no faltará hoy en día quién continúe con dicho hábito).

No lo sé, se me ocurrió contar un poco la Historia del mate, porque el mate es casi un amigo más y no concibo la idea de que un día me levante por la mañana y no lo encuentre allí, junto a la cama de mis viejos, calentito y listo para compartir.