A veces, confundida, siento que lo que está arriba de mis hombros va a explotar… sin embargo, cuando recupero un poco de claridad, sólo logro que esa sensación me cause gracia, sí, mucha gracia. Es que para que te explote lo que tenés arriba de los hombros (¿la cabeza?) tenés que tener, y yo hace tiempo ya que dejé de tener… es más, creo que he nacido sin ella.
No tengo cabeza, ni tampoco pies. Y está bien.
¿Para qué quiero tener cabeza? ¿Para sentirme parte integrante de esta humanidad ¿Para idear planes de “civilización” o ilustres teorías políticas o filosóficas o religiosas que sigan dividiendo? ¿Para devanarme los sesos pensando en cómo hacer para hacer más grande mi ego? No, no, no me interesa. Gracias.
¿Y para qué quiero pies? ¿Para pisar más fuerte sobre un terreno que no existe? ¿Para aplastar al que tengo al lado? ¿Para dejar una huella deforme sobre la arena del tiempo? No, no, no me interesa. Gracias.
Sólo quiero ser tronco. Sólo quiero ser corazón. Eso sí me interesa.
Del tronco nacen las ramas que frondosas se alzan hacia el cielo, y del tronco nacen las raíces que se arraigan en la tierra. En el tronco está el centro verdadero: la savia más pura. En el tronco está el corazón. En el corazón está el impulso de vida: el latido. En el latido está la verdad: la energía…
Soy un corazón pensante. Soy un corazón “sintiente”. Y lo que está arriba de mis hombros y debajo de mis piernas sólo han de servirle.
Lo que está arriba habrá de servirle de guía, de ayudante, de consejero, siempre sirviente. Lo que está abajo habrá de servirle de empuje, de fuerza impulsora, de instrumento de aprendizaje, siempre sirviente.
No quiero cabeza ni pies, sólo quiero corazón.

