Carla de Oyarbide
Pensar que en mis años de tierna infancia yo jugaba con esa muñeca rígida, escuálida e inexpresiva… me entretenía con esa muñeca de sonrisita constreñida de labios rojos y dientes blancos, de cintura irreal y de pechos turgentes y redondos que tanto me recuerdan ahora a ciertas “plastic girls” contemporáneas … ¡Ay! la recuerdo y me da náuseas.

Me gustaría saber que me ha sucedido, qué es lo que se ha modificado en mi que ahora pienso en la Barbie y me da tanto asco… ¿será que ahora la miro desde otra óptica? Sí, seguro… he crecido también, supongo.

Y después de tantos años, la muñeca fashion sigue dentro de los “Top Toys”, la rubia –aunque luego, claro, salieron barbies de todas las razas, colores de pelo y estilos posibles - que inspiró a tantas mujeres de piel, plástico, hueso, aire y make up (prefiero no dar nombres pero no es muy difícil ver las semejanzas) sigue entreteniendo con sus faldas diminutas, sus vestiditos con brillantes, sus trajes de baño sintéticos, su auto descapotable, su casita encantada, su novio asexuado (por lo menos en mi época, ¡no tenía pene!) y que sé yo cuántas cosas más…

Caramba, me ha surgido como un látigo la bestia de adentro… ¿Por qué será? ¿a qué se deberá tanta aversión? Es que no puedo evitar pensar en la Barbie como una clara imagen de la frivolidad, de la sociedad consumista, como ese modelo estético inalcanzable para la mayoría de las mujeres y que tanto mal hace… no puedo evitar verla anoréxica e histérica… no puedo dejar de pensarla tonta e infeliz…

¿Estaré exagerando??

Es posible… Si yo misma he jugado hasta el hartazgo con esa muñequita, me he pasado las tardes enteras soñando con tener todo lo que veía en el catálogo que mi mejor amiga tenía porque su papá viajaba a los Estados Unidos y cada tanto le traía algún producto barbístico nuevo…

¡Que bárbaro! ¡Qué top mega fashion archi IN! En poco tiempo se abrirá una tienda Barbie en Buenos Aires (en el barrio de Palermo, claro) para que las madres lleven a sus hijas coquetas de shopping por las bárbaras tierras de Barbilandia. Y así las pequeñas se abastezcan de todo lo que se les antoje y aprendan más de los grandes valores de ese mundo de pompa, brillo y glamour, y las madres (o padres)… ehhh… bueno, sólo pierdan allí unos cuantos billetitos más o hagan soberbio uso del “plástico”… claro, no el de Barbie sino el del Banco.

(Aunque quiero creer que también podrán pasar un grato momento juntos en familia, tampoco tengo que ser tan desgraciada en mis apreciaciones cheee)

En fin, este es mi grito de guerra anti Barbie: ¡Vivan las muñecas peponas!!