Hoy se me antojó pensar en el colectivo. Sí, el colectivo, ómnibus, autobús, bus o como quieras llamarlo.
Si habrá dado que hablar el colectivo en el mundo de las letras argentinas… cuando pienso en él, lo primero que se me viene a la cabeza es Ómnibus de Córtazar, no puedo evitarlo…
No me interesa pensar en el colectivo como un ente material, físico, no me importa su estructura de chapa, sus cuatro llantas (a veces son más, según el estilo de colectivo), sus vidrios, sus asientos y todo lo que lo conforma y lo hace ser un vehículo, un medio de transporte, en síntesis, un colectivo. A mí sólo me interesa su aspecto etéreo, y si está ocupado, si hay gente en su interior… un colectivo vacío deja de ser un colectivo… ya no es colectivo.
Es la gente, son sus pasajeros los que le dan vida al colectivo, sea ésta bella, monótona o atroz… después de todo, como en la vida misma.
Pienso en sus personajes como seres un tanto desdibujados, algunos casi inexistentes. Uno de sus protagonistas, el más fantasmal de todos sería el chofer: no puede faltar quien maneje el colectivo de acuerdo a un recorrido que, más allá de resistencias, quejas o adulaciones, está prefijado, y no dejará de estarlo por más que no te guste… Mi títere principal no puede salirse de él mientras esté en el cumplimiento de sus funciones de “conductor”, no, no puede…
Luego estaría la gente: esos espectros heterogéneos que suben y que bajan, cada uno con sus máscaras, sus ropas y accesorios varios. Aleatoria y cíclicamente, suben y bajan, un vaivén de muñecos de trapo, (algunos preocupados o ausentes, otros tristes, otros con sonrisas pintadas sobre sus bocas vacías) que suben y bajan, una y otra vez, eternizando ese movimiento constante… ese vaivén que se confunde e identifica con el zarandeo propio del colectivo… ese movimiento oscilante que te puede hacer dormir en sus escuetos tramos de regularidad, sobresaltar ante el encuentro inevitable de los obstáculos del camino, sean baches, ramas, botellas o cualquier otra porquería, o pegar un sacudón ante la primera frenada inesperada…
Y sí, como en la vida misma, también hay un precio que pagar, viajar en él no es gratuito… si decidís subir, corrés tus riesgos y pagás el precio… -aunque lo pienso y en esto es distinto, el valor del boleto es para todos igual, en la vida, el precio que cada uno paga puede diferir en grados inestimados-.
Este precio tampoco escapa a la cualidad de ser casi ficticio, irreal: está representado por un número impreso sobre un papel o un metal que no tienen valor intrínseco, un pedazo de material sobre el cual ese colectivo le insufló, como por arte de magia negra, un valor X, siempre sobredimensionado, exagerado… como en la vida misma.
Uno en un colectivo viaja a algún sitio, tiene un punto de llegada… en algún momento, te vas a bajar y vas a dejar tu asiento a otra persona –que dicho sea de paso, nunca falta el infeliz que se hace el distraído para no ceder su lugar a alguien que realmente lo necesita, sea un anciano, una mujer embarazada, un niño… ¡esto si que logra sacarme de las casillas!
Podés viajar lo más atento posible a lo que pasa a tu alrededor, o sólo limitarte a mirar por la ventanilla (o hacer como que mirás por la ventanilla, pero en realidad lo usás de punto fijo para pensar o para no pensar, según tu ánimo y tu grado de conciencia)…
En definitiva, creo que en el colectivo cada uno está en su mundo, cada uno viaja en su propia orbe mental, y virtual (podés construirlo hermoso, fantasmal o pónele el color que quieras, pero ese viaje no deja de ser tu creación)… Después de todo, como en la vida misma…
Y si bien es cierto que cada colectivo tiene su recorrido prefijado, está en vos decidir cuál tomar según el sitio a dónde tengas, quieras o necesités llegar, está en vos elegir con qué máscara subir, en dónde sentarte o ubicarte, y si sólo te limitás a mirar por la ventanilla o si preferís mirarle la cara al que tenés al lado, directo a los ojos.


