Carla de Oyarbide


No hay palabras, sólo un leve temblor interno que comienza desde algún lugar invisible en el medio del pecho… y va creciendo como un capullo gris que en su obediencia al sol se olvida de su naturaleza en principio cerrada, abstrusa y calma.

No hay palabras para definir la bestia ante mi mirada incrédula. No hay palabras que sirvan para explicar lo que es, por su misma naturaleza, inexplicable.

Quisiera fluir por tus venas de óxido para sentir la intensidad de la marea insensata que te impulsa a actuar de este modo.

Quisiera entrometerme en tu núcleo humano (has de tener uno, de cualquier modo) y mirarlo directo a los ojos para ver a través de ellos lo que allí subyace, entre un par de ideas erradas, una lábil voluntad y un impulso casi irrefrenable de violencia.

Creo no poder comprender lo que tú si crees que puedes comprender. El resultado ha de ser una horrenda paradoja. Ninguno de los dos lo comprende: yo, porque no comprendo lo que tú crees, tú, porque tampoco comprendes lo que puedes y, de hecho, haces...

Disparar.

Matar.

Aniquilar.

No hay palabras, ni poderes, ni creencias, ni comprensiones posibles. Sólo hay un temblor interno, una mirada incrédula, una marea insensata y un núcleo humano desvastado por un impulso casi irrefrenable de violencia.

Y sólo hay otro nuevo mártir en la acera.