Carla de Oyarbide
Pensar en volver, justo ahora, cuando aún veo allí la luminosidad límpida que refulge detrás de ese horizonte azul que me invita a seguir un poco más… sólo un poco más hasta que sienta que el oxigeno se extingue por completo de mis pulmones. Sí, lo sé, es una insensatez. Sólo otra más, en mi gran collar de insensateces cromadas –doblemente estúpidas, por el mero hecho de permanecer todas juntas, en orden y escondidas, pendiendo como dentelladas de mi largo cuello-.

¿Por qué será que siempre que estoy por llegar a la meta me tiemblan los pies y quiero desmayarme, sin más, y despatarrarme allí mismo, en el medio de la acera –caliente por el sol- ante esas decenas de ojos que me miran? –sí, sé que no me miran pero yo quiero creer que sí- Otra insensatez.

El horizonte, el sol y la acera, absurda conjunción de esta tarde. Mientras el mar –con cierto letargo obsceno- llega a lamer la orilla de estas playas del Atlántico, mis piernas se mueven muy rápido, mucho más que el compás un tanto apático que marcan todos esos otros cuerpos “extraños” que van y vienen –en pares, tríos o pequeñas manadas- por todo lo largo y lo ancho de la costanera.

Es pasar, raudamente, por al lado de ellos, y oír sus bocas chapucear frases –por lo general, no muy llenas de profundidad ni sentido-: que qué linda estás, que cuánto falta mamá para llegar a tomarnos el helado, que quiero llamarlo pero no me animo, que… en fin, miles de palabras que se me quedan pegadas por un tiempo y se suman a mi collar de insensateces…

Todos ustedes, “extraños” sin distinción, todos ustedes en par, tríos o pequeñas manadas que disfrutan como yo –eso espero- de esta bella tarde de sol. Primer día de septiembre y Mar del Plata nos regala esta bella tarde…

Ustedes, en par, tríos o pequeñas manadas: los infaltables “tortolitos”, las familias con numerosos vástagos chillones y movedizos, la pareja de viejitos lindos, los deportistas, los que andan en patines, el grupete de adolescentes –siempre escandalosos, como para no percatarme de vuestra presencia-. En fin, todos… y yo, caminando –como otras tantas veces- sola por esta costa con vistas al majestuoso Atlántico…

No, no voy ausente… no lo parezco, pero voy atenta a vos, a ustedes, al horizonte, al sol y a la acera. O.K, debo reconocerlo, voy en mi mundo, pero en mi mundo ustedes son parte de mi topografía. En mi mundo está también mi collar de insensateces, -sí, el que va pendiendo sobre mi pecho y que ahora también cuenta con sus frases entre sus cuentas cromadas (hermosa cacofonía)- que aunque esté oculto detrás de la ropa lo podés ver reflejado en mi rostro –mi cara me delata ante ustedes sin un ápice de piedad-.

Una bella tarde de sol en la ciudad, una vez más: ustedes, yo, el horizonte, el sol y la acera.

Ah, lo olvidaba, por suerte el oxigeno no se extinguió, del todo…