Carla de Oyarbide
Parece que el ser humano siempre tiene a quién culpar de todo lo malo que le ocurre –claro, lo bueno sí que es consecuencia de sí mismo-: el culpable siempre es el Otro. Es más fácil desenfundar el dedo acusador hacia el que está adelante, o al costado o a atrás, no importa, siempre hay otro disponible a quién gatillar.

También parece que el ser humano se ha perfeccionado en maltratar a los otros... y en experimentar sobre los otros: primero fue con total descaro y falta de compasión sobre los mismos congéneres (el enemigo, el traidor, el del otro bando, otra religión, etc.), luego –y para disimular un poco- algunos prefirieron hacerlo sobre nuestros hermanos del escalón inferior en la pirámide de las especies: es decir, los animales.

¿Tendrá que ver que un tal Darwin dijo que el hombre desciende del mono? Algo así especuló en una tal teoría de la evolución basada en algo así como una selección natural de las especies.

Es curioso que ahora se intente, de algún modo, revertir esta evolución: cada vez el ser humano se esfuerza un poco más en parecerse a los monos –claro, ellos son los culpables de nuestros comportamientos-. No puedo ser menos, debo de culpar a alguien también de la irracionalidad –detesto la dupla de términos racional/irracional- que parece impregnar la cotidianeidad mundial, debe de provenir de nuestros antepasados simiescos –si me aferro a lo que sostuvo un tal Darwin-.

Ok,¿ también tendré mi cuota de responsabilidad? –pertenezco a esta especie, con eso ha de bastar-.

Retomando mi disquisición original, el hombre se ha tomado muy en serio eso de ser Superior y se ha considerado con total derecho a experimentar con los animales: no le alcanza con comerlos –¡oh si los fantasmas de las vacas hablaran o tiraran de las patas por las noches a sus consumidores!- sino también que los abre, los secciona, les introduce cánulas, los vacía, los rellena, y todo lo que se le ocurra.

Oh, ¡bruta de mí!: ¿cómo habría hecho para avanzar la ciencia, la medicina, sin el acudimiento a los animales? No lo sé. Cómo imaginar un laboratorio sin el auxilio de los simpáticos ratoncillos –Ratatouille, por favor, ¡no leas esto!-.

Bien, de los humanos pasé a los monos, de los monos a las vacas, y de las vacas a los ratones: sólo para respetar las jerarquías, claro. Y curiosamente, se utilizan los ratoncillos de laboratorio para las investigaciones científicas por tener un genoma muy parecido al humano -nada más que agregar-.

En fin… las vacas y los ratones sí que tienen a quién culpar de sus desgracias: a los humanos.

Todo este prolegómeno vagabundo de humanos, monos, vacas y ratones no es más que para declararme absolutamente en contra de esto:

Lo único que falta que ahora también se quiera obligar a los ratoncitos ¡a acudir al gimnasio a levantar pesas!

Si seguimos así ¿para cuándo el postrecito Ser 0 % de calorías, la depilación definitiva o el bótox en los pómulitos ratattoulliescos??


¡Qué simpático ratoncito! Por lo menos no está en un laboratorio… GLUP