De Musas y Amores
Gustavo Adolfo Bécquer cuenta con tres musas principales para escribir tanto sus Rimas como su prosa: las Cartas literarias a una mujer y también parte de sus Leyendas. Esas mujeres son la fuente desde donde fluyen sus mejores versos, sus palabras más auténticas, sus sentimientos más íntimos.
Su primer deslumbramiento por una mujer queda registrado en un cuaderno de su juventud, cuando tiene dieciseís años recién cumplidos. En esa especie de diario escribe tan sólo durante tres días, pero sirve de documento ineludible para encontrarse por primera vez con ese joven sevillano que ya se consideraba poeta y destilaba sesibilidad en cada exalación.
Julia Espín
Más allá de su arrobamiento adolescente, ya en sus años adultos debe enfrentarse una vez más con Cupido cara a cara: en pleno sufrimiento por la pobreza en la que vive y por su enfermedad, mientras deambula una tarde por las calles de Madrid, ve en un balcón a una joven llamada Julia Espín, y se enamora a primera vista.
Julia representa en las Rimas el amor ilusionado, la mujer idealizada que flota entre su mundo de ensoñaciones y la realidad que día a día golpea a su puerta; aquella que desea y no puede poseer como hombre, y que por lo tanto sólo puede incorporarla a su mundo interno y eternizarla para sí en sus versos. En síntesis, su amor con Julia sólo queda en el plano ideal, espiritual, no consumado.
Su segunda musa importante es Elisa Guillén, aunque ésta ya no ideal, sino corpórea y tangible. Se sabe que conoce a Elisa en Toledo a fines de 1859, y que tiene varios encuentros con ella, así queda documentado en una de las cartas que envía desde allí a su amigo Rodríguez Correa: “Nuevamente estoy en esta vieja ciudad de la calma, dedicado a descifrar el jeroglífico de sus piedras milenarias, y al mismo tiempo buscando un poco de reposo y un mucho de olvido para mi espíritu. Esteban Guillén y su hija Elisa me despidieron en el mismo coche, y antes estuve con ella en el sitio de todos los días. Cada vez siento más fuertes las ligaduras que acabarán de dejar completamente indefensa mi libertad...”
Su historia con Elisa no termina bien, luego de poco más de un año de citas y flirteos, Elisa se casa con otro hombre y deja a Bécquer en un estado de total desolación. De esta manera, el poeta sufre uno de los desengaños amorosos más importantes de su vida, desilución que marcará también un nuevo rumbo para su poesía.
Cuando me lo contaron sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas, me apoyé contra el muro, y un instante la conciencia perdí de donde estaba. Cayó sobre mi espíritu la noche, en ira y en piedad se anegó el alma ¡y entonces comprendí por qué se llora! ¡y entonces comprendí por qué se mata! Pasó la nube de dolor... con pena logré balbucear breves palabras... ¿quién me dio la noticia?... Un fiel amigo... Me hacía un gran favor... Le di las gracias. Rima XLII
Luego de esta decepción amorosa, Bécquer se casa con Casta Esteban, hija de uno de sus médicos. La relación con Casta es distinta a las antecesoras: no es ni ideal ni pasional, es realista y más mesurada, menos alborotada por un amor intenso; Bécquer encuentra en ella la calma y seguridad que necesita, una mujer de carne y hueso que lo respalde y le confiera un ritmo más sosegado a sus días.
Sin embargo, luego de siete años de matrimonio y tras una prolongada ausencia del marido de la casa familiar, el matrimonio se disuelve. Además, al ser Casta infiel, la ruptura del vínculo se desencadena precipitadamente.
Ya en sus últimos días, el poeta, enfermo y totalmente golpeado por los sucesivos desengaños amorosos, no deja de soñar con ese amor ideal que tanto deseó durante toda su vida, y nunca encontró, ese Amor que sólo pudo dar vida en su inmortal poesía.
Gustavo Adolfo Bécquer cuenta con tres musas principales para escribir tanto sus Rimas como su prosa: las Cartas literarias a una mujer y también parte de sus Leyendas. Esas mujeres son la fuente desde donde fluyen sus mejores versos, sus palabras más auténticas, sus sentimientos más íntimos.
Su primer deslumbramiento por una mujer queda registrado en un cuaderno de su juventud, cuando tiene dieciseís años recién cumplidos. En esa especie de diario escribe tan sólo durante tres días, pero sirve de documento ineludible para encontrarse por primera vez con ese joven sevillano que ya se consideraba poeta y destilaba sesibilidad en cada exalación.
En esas hojas el joven Bécquer narra sobre el avistamiento casual en una calle de Sevilla de una muchacha de la cual estaba enamorado y creía fuera de la ciudad desde hacía un año: su corazón ya experimenta la turbación del amor, ese soliloquio mental en el cual una persona ocupa la totalidad del pensamiento, en el cual la imagen del ser amado se antepone a todo, subyugando incluso la propia voluntad y razón.
Julia EspínMás allá de su arrobamiento adolescente, ya en sus años adultos debe enfrentarse una vez más con Cupido cara a cara: en pleno sufrimiento por la pobreza en la que vive y por su enfermedad, mientras deambula una tarde por las calles de Madrid, ve en un balcón a una joven llamada Julia Espín, y se enamora a primera vista.
Julia representa en las Rimas el amor ilusionado, la mujer idealizada que flota entre su mundo de ensoñaciones y la realidad que día a día golpea a su puerta; aquella que desea y no puede poseer como hombre, y que por lo tanto sólo puede incorporarla a su mundo interno y eternizarla para sí en sus versos. En síntesis, su amor con Julia sólo queda en el plano ideal, espiritual, no consumado.
Su segunda musa importante es Elisa Guillén, aunque ésta ya no ideal, sino corpórea y tangible. Se sabe que conoce a Elisa en Toledo a fines de 1859, y que tiene varios encuentros con ella, así queda documentado en una de las cartas que envía desde allí a su amigo Rodríguez Correa: “Nuevamente estoy en esta vieja ciudad de la calma, dedicado a descifrar el jeroglífico de sus piedras milenarias, y al mismo tiempo buscando un poco de reposo y un mucho de olvido para mi espíritu. Esteban Guillén y su hija Elisa me despidieron en el mismo coche, y antes estuve con ella en el sitio de todos los días. Cada vez siento más fuertes las ligaduras que acabarán de dejar completamente indefensa mi libertad...”
Su historia con Elisa no termina bien, luego de poco más de un año de citas y flirteos, Elisa se casa con otro hombre y deja a Bécquer en un estado de total desolación. De esta manera, el poeta sufre uno de los desengaños amorosos más importantes de su vida, desilución que marcará también un nuevo rumbo para su poesía.
Cuando me lo contaron sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas, me apoyé contra el muro, y un instante la conciencia perdí de donde estaba. Cayó sobre mi espíritu la noche, en ira y en piedad se anegó el alma ¡y entonces comprendí por qué se llora! ¡y entonces comprendí por qué se mata! Pasó la nube de dolor... con pena logré balbucear breves palabras... ¿quién me dio la noticia?... Un fiel amigo... Me hacía un gran favor... Le di las gracias. Rima XLII
Luego de esta decepción amorosa, Bécquer se casa con Casta Esteban, hija de uno de sus médicos. La relación con Casta es distinta a las antecesoras: no es ni ideal ni pasional, es realista y más mesurada, menos alborotada por un amor intenso; Bécquer encuentra en ella la calma y seguridad que necesita, una mujer de carne y hueso que lo respalde y le confiera un ritmo más sosegado a sus días.
Sin embargo, luego de siete años de matrimonio y tras una prolongada ausencia del marido de la casa familiar, el matrimonio se disuelve. Además, al ser Casta infiel, la ruptura del vínculo se desencadena precipitadamente.
Ya en sus últimos días, el poeta, enfermo y totalmente golpeado por los sucesivos desengaños amorosos, no deja de soñar con ese amor ideal que tanto deseó durante toda su vida, y nunca encontró, ese Amor que sólo pudo dar vida en su inmortal poesía.
Carla d. O.

