Por los tenebrosos rincones de mi cerebro acurrucados y desnudos duermen los extravagantes hijos de mi fantasía esperando en silencio que el Arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.
(“Introducción Sinfónica” de las Rimas)
BiografíaSevillano de nacimiento, madrileño por opción. Poeta por innata vocación, periodista y dramaturgo por necesidad. Romántico por la calidad y contenido de su obra, posromántico por su ubicación en la línea temporal. En sus escasos 34 años de vida, Gustavo Adolfo Bécquer conoce la enfermedad y la pobreza extrema, pero encuentra, desde temprana edad, alivio y refugio en su rico mundo interior: poblado de sueños, palabras, colores y delirios.
Bécquer llega al mundo un 17 de febrero de 1836, bajo el nombre real de Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, hijo del pintor José Domínguez Bécquer y de Joaquina Bastida y Vargas. Ya hombre adoptará definitivamente el apellido de su abuelo paterno, de origen flamenco.
Gustavo cuenta con tan sólo cinco años cuando su padre fallece, y él junto con su hermano Valeriano, de siete, son llevados al colegio de San Telmo, institución destinada a huérfanos pobres pero de raíces nobles. Allí conoce a uno de los amigos que lo acompañarán hasta sus últimos días: Narciso Campillo. Con él comparte además su gran amor, con sólo 10 años experimentan por primera vez con las letras al escribir juntos un primer intento de drama titulado Los Conjurados.
En 1847, los niños Bécquer también pierden a su madre. A partir de entonces, viven con Manuela Monnahay, madrina de Gustavo. En esos años de juventud el futuro autor de las Rimas tiene sus contactos iniciales con la lectura, devora con ansias los libros de la biblioteca de la casa: por sus ojos pasan los poemas e historias de clásicos como Horacio y Virgilio, y de sus contemporáneos románticos como Lamartine, Espronceda, Byron y Hoffmann.
También fue en esa época en que Bécquer prueba con otras ramas del arte, primero se inclina hacia la pintura, como su hermano Valeriano, quien sí termina dedicándose a los lienzos y pinceles, y luego a la música. Sin embargo, su corazón se va perfilando poco a poco hacia las letras y, en 1853, ya cuenta con varias de sus composiciones publicadas en periódicos y revistas locales.
Es así como junto con su amigo Narciso Campillo, quién también sería decisivo para eternizar en el tiempo al Bécquer poeta al ser el encargado de editar póstumamente su obra, y un tercer compañero de sueños, Julio Nombela, conforman un círculo literario y proyectan emigrar a Madrid, ciudad donde sí pueden encontrar el éxito y la gloria.
En octubre de 1854, Gustavo llega a la capital española con su juventud y esperanza a cuestas, pero sus primeros años allí le muestran una realidad totalmente distinta a la esperada: vive en casas de huéspedes en penosas condiciones, rodeado de miseria y soledad. Busca por todos los medios escaparle a la pobreza: trabaja por un breve tiempo como administrativo en la Dirección de Bienes, escribe biografías políticas por encargo, realiza traducciones, adapta textos para zarzuelas, y, en este último orden, compone algunas obras de teatro, como la comedia La novia y el pantalón en la que satiriza el ambiente burgués que lo rodea, o La venta encantada, basada en el Quijote de Cervantes. Éstas y otras obras las compone en asociación con Luis García Luna y son dadas a conocer bajo el seudónimo de Adolfo García.
Mientras tanto, Bécquer sigue escribiendo artículos y colaboraciones para algunas publicaciones como El Correo de la Moda, El Porvenir y La España musical y literaria. En 1857, encara también un proyecto titulado Historia de Los Templos de España, en el cual se vislumbra ya su atracción hacia el contenido histórico y tradicional de su país natal. Para la consecución de este trabajo viaja por las ciudades de Soria, Ávila y Toledo, todas ellas con un gran acervo cultural. Más allá de lo ambicioso de la idea, sólo sale a la luz una sola de la serie de entregas planeadas inicialmente por el poeta.
En 1858, a la vez que cae gravemente enfermo sufre su primer desengaño amoroso. La tuberculosis lo golpea duramente, a tal punto que su hermano Valeriano debe trasladarse a Madrid para hacerse cargo de él. El espíritu de Bécquer se conmueve fuertemente por una joven mujer que ve asomada por un balcón: su nombre es Julia, hija de Joaquín Espín, un distinguido músico y profesor del Conservatorio madrileño.
Si bien se cree que Gustavo tiene oportunidad de conocer a Julia personalmente en alguna de las tertulias de la familia Espín, su amor no es correspondido: ella posee aspiraciones amorosas más elevadas. Es esta joven, precisamente, una de las musas más importantes de las Rimas de Bécquer: varias de ellas, las que se refieren al amor ilusionado, parecen estar inspiradas en esta mujer que soñaba con ser una reconocida cantante de ópera.
Bécquer llega al mundo un 17 de febrero de 1836, bajo el nombre real de Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, hijo del pintor José Domínguez Bécquer y de Joaquina Bastida y Vargas. Ya hombre adoptará definitivamente el apellido de su abuelo paterno, de origen flamenco.
Gustavo cuenta con tan sólo cinco años cuando su padre fallece, y él junto con su hermano Valeriano, de siete, son llevados al colegio de San Telmo, institución destinada a huérfanos pobres pero de raíces nobles. Allí conoce a uno de los amigos que lo acompañarán hasta sus últimos días: Narciso Campillo. Con él comparte además su gran amor, con sólo 10 años experimentan por primera vez con las letras al escribir juntos un primer intento de drama titulado Los Conjurados.
En 1847, los niños Bécquer también pierden a su madre. A partir de entonces, viven con Manuela Monnahay, madrina de Gustavo. En esos años de juventud el futuro autor de las Rimas tiene sus contactos iniciales con la lectura, devora con ansias los libros de la biblioteca de la casa: por sus ojos pasan los poemas e historias de clásicos como Horacio y Virgilio, y de sus contemporáneos románticos como Lamartine, Espronceda, Byron y Hoffmann.
También fue en esa época en que Bécquer prueba con otras ramas del arte, primero se inclina hacia la pintura, como su hermano Valeriano, quien sí termina dedicándose a los lienzos y pinceles, y luego a la música. Sin embargo, su corazón se va perfilando poco a poco hacia las letras y, en 1853, ya cuenta con varias de sus composiciones publicadas en periódicos y revistas locales.
Es así como junto con su amigo Narciso Campillo, quién también sería decisivo para eternizar en el tiempo al Bécquer poeta al ser el encargado de editar póstumamente su obra, y un tercer compañero de sueños, Julio Nombela, conforman un círculo literario y proyectan emigrar a Madrid, ciudad donde sí pueden encontrar el éxito y la gloria.
En octubre de 1854, Gustavo llega a la capital española con su juventud y esperanza a cuestas, pero sus primeros años allí le muestran una realidad totalmente distinta a la esperada: vive en casas de huéspedes en penosas condiciones, rodeado de miseria y soledad. Busca por todos los medios escaparle a la pobreza: trabaja por un breve tiempo como administrativo en la Dirección de Bienes, escribe biografías políticas por encargo, realiza traducciones, adapta textos para zarzuelas, y, en este último orden, compone algunas obras de teatro, como la comedia La novia y el pantalón en la que satiriza el ambiente burgués que lo rodea, o La venta encantada, basada en el Quijote de Cervantes. Éstas y otras obras las compone en asociación con Luis García Luna y son dadas a conocer bajo el seudónimo de Adolfo García.
Mientras tanto, Bécquer sigue escribiendo artículos y colaboraciones para algunas publicaciones como El Correo de la Moda, El Porvenir y La España musical y literaria. En 1857, encara también un proyecto titulado Historia de Los Templos de España, en el cual se vislumbra ya su atracción hacia el contenido histórico y tradicional de su país natal. Para la consecución de este trabajo viaja por las ciudades de Soria, Ávila y Toledo, todas ellas con un gran acervo cultural. Más allá de lo ambicioso de la idea, sólo sale a la luz una sola de la serie de entregas planeadas inicialmente por el poeta.
En 1858, a la vez que cae gravemente enfermo sufre su primer desengaño amoroso. La tuberculosis lo golpea duramente, a tal punto que su hermano Valeriano debe trasladarse a Madrid para hacerse cargo de él. El espíritu de Bécquer se conmueve fuertemente por una joven mujer que ve asomada por un balcón: su nombre es Julia, hija de Joaquín Espín, un distinguido músico y profesor del Conservatorio madrileño.
Si bien se cree que Gustavo tiene oportunidad de conocer a Julia personalmente en alguna de las tertulias de la familia Espín, su amor no es correspondido: ella posee aspiraciones amorosas más elevadas. Es esta joven, precisamente, una de las musas más importantes de las Rimas de Bécquer: varias de ellas, las que se refieren al amor ilusionado, parecen estar inspiradas en esta mujer que soñaba con ser una reconocida cantante de ópera.
Dos años después, tras recuperarse momentáneamente de sus dolencias, Bécquer ingresa como redactor en el diario El Contemporáneo, trabajo que lo salvará de los apremios económicos hasta 1865.
En mayo de 1861, para sorpresa de todos sus allegados, Gustavo Adolfo, quien cuenta por entonces con 25 años, y tras otra frustración amorosa con Elisa Guillén, contrae matrimonio con Casta Esteban, de 19, hija de uno de los médicos que lo atendió durante su enfermedad. Luego del enlace inesperado llegan los hijos y las responsabilidades se acrecentan para Bécquer, debe ahora mantener un hogar y no pensar ya sólo en él sino también en su familia. Más allá de que, en realidad, no pasará mucho tiempo sin que vuelva a sus andanzas y a revivir sus sueños de poeta.
Estos años son los más fructíferos en lo referente a su producción literaria: publica la mayoría de sus leyendas y rimas, y escribe también sus Cartas literarias a una mujer, seguramente dedicadas a Elisa, aquella joven de “ojos grises” que le eclipsó el alma en uno de sus viajes a Toledo a fines de la década del 50, y que luego se termina casando con otro hombre.
En 1864 suceden dos hechos que cambian su vida y presente, por un lado, consigue con ayuda del ministro de Isabel II, Luis González Bravo, su protector y amigo, un puesto como censor de novelas, lo que le permite una mayor holgura económica, y, por el otro, decide retirarse a descansar junto con su muy querido hermano Valeriano, recientemente separado, y su pequeña sobrina Julia, al Monasterio de Veruela.
Allí, en las faldas de la Sierra del Moncayo, rodeado de ese paisaje en donde se funden lo religioso y lo medieval, Bécquer se siente embelesado por esos recintos y paredes que rezuman historia, que vibran al son de su corazón puro y lo sumergen en una paz de espíritu que rara vez había podido experimentar en la ciudad. Desde este lugar sagrado envía a El Contemporáneo sus Cartas desde mi celda, artículos que son algo más que meros reportajes: están compuestos en gran medida por líneas confidenciales, autobiográficas, que nos dibujan el verdadero sentir del poeta, al real Gustavo Adolfo Bécquer en toda su calidad.
Carla de Oyarbide


