Podríamos irnos lejos, me dijiste con cara de entusiasmo mientras me estrechabas fuerte sin medir ni en un ápice la reacción que mi cuerpo silenciaba entre tus brazos...
Podríamos irnos lejos, dijiste, como si ésa fuese la opción más viable, la solución a nuestro verdadero problema. Lo dijiste con una sencillez tan pura, como si lo que dijeras fuese lo más cuerdo, coherente y apropiado, y para ése momento en particular.
¿Irnos lejos? Te repregunté... y clavaste tu ojo en el mío, y pude entrever en tu pupila un matiz de desazón o desilusión o repentina conciencia del error cometido.
No quise matar tu esperanza sin sustento como sé que tú no quisiste decir necedades.
No quise matar tu impulso, sé que eso fue un mero impulso, un arrebato instintivo del primitivo sentimiento de miedo que proviene del origen de la misma especie humana.
Sólo que hay una gran distancia entre un deseo y un hecho, entre un sentimiento y una falacia, entre un sueño y su cadáver, entre una posibilidad y una no realidad.
Creo que un frío entró por tus venas porque de repente palideciste, y yo no pude o no quise hacer nada para evitarlo, o remediarlo. Ya no tenía resto de calor.
No más palabras de "esta vez sí", "sé que podremos" o "deberíamos intentarlo". Nada era válido ahora. Nada podía volver a insuflarle vida al cadáver.
Todos hemos oído hablar del "rigor mortis", de la dureza que se apodera de los músculos (por donde alguna vez corrió sangre) tras el último suspiro, de la palidez que adquiere la tez tras el estertor definitivo, del último aire frío que se lleva al alma, sabrá el infinito hacia dónde. Yo al menos sí he oído, y lo pude presenciar esa tarde del "podríamos irnos lejos".
No fue tu muerte ni la mía, pero el cadáver allí estaba, ante tus ojos y los míos, y dolorosamente interpuesto entre nuestros cuerpos. Ya no hubo reacción silenciada por mí, sólo tu miedo nuevamente tras sus murallas para no mostrarse indefenso. Ya no hubo un "deberíamos intentarlo" de mi parte, sólo la angustia ante el hecho consumado.
Ya no hubo esperanza alguna, sólo esa distancia insuperable entre el cadáver y nuestros cuerpos. Ya no hubo inútil resurrección, sólo esa misma distancia entre nuestros cuerpos desnudos, por vez primera en mucho tiempo, desnudos y despojados de máscaras y disfraces de cartón corrugado.
Sólo la exacta misma distancia.
Distancia cuyos puntos en la línea espacial los han constituido todos aquellos "esta vez sí", "sé que podremos" y "deberíamos intentarlo" que se plantaron, una y otra vez, sobre nuestros pechos y emplazaron allí un terreno de fango, espeso y sustancioso, que aún ahoga.
No pudo ser. Ni lejos ni cerca, ni abrazos ni palabras. Ya no.
El cadáver era ya real, y la distancia entre él y nuestros cuerpos desnudos no era más que la no existencia del amor. La distancia entre nuestros cuerpos despojados no era más que lo único real en ése momento en particular: el desamor.
Podríamos irnos lejos, dijiste, como si ésa fuese la opción más viable, la solución a nuestro verdadero problema. Lo dijiste con una sencillez tan pura, como si lo que dijeras fuese lo más cuerdo, coherente y apropiado, y para ése momento en particular.
¿Irnos lejos? Te repregunté... y clavaste tu ojo en el mío, y pude entrever en tu pupila un matiz de desazón o desilusión o repentina conciencia del error cometido.
No quise matar tu esperanza sin sustento como sé que tú no quisiste decir necedades.
No quise matar tu impulso, sé que eso fue un mero impulso, un arrebato instintivo del primitivo sentimiento de miedo que proviene del origen de la misma especie humana.
Sólo que hay una gran distancia entre un deseo y un hecho, entre un sentimiento y una falacia, entre un sueño y su cadáver, entre una posibilidad y una no realidad.
Creo que un frío entró por tus venas porque de repente palideciste, y yo no pude o no quise hacer nada para evitarlo, o remediarlo. Ya no tenía resto de calor.
No más palabras de "esta vez sí", "sé que podremos" o "deberíamos intentarlo". Nada era válido ahora. Nada podía volver a insuflarle vida al cadáver.
Todos hemos oído hablar del "rigor mortis", de la dureza que se apodera de los músculos (por donde alguna vez corrió sangre) tras el último suspiro, de la palidez que adquiere la tez tras el estertor definitivo, del último aire frío que se lleva al alma, sabrá el infinito hacia dónde. Yo al menos sí he oído, y lo pude presenciar esa tarde del "podríamos irnos lejos".
No fue tu muerte ni la mía, pero el cadáver allí estaba, ante tus ojos y los míos, y dolorosamente interpuesto entre nuestros cuerpos. Ya no hubo reacción silenciada por mí, sólo tu miedo nuevamente tras sus murallas para no mostrarse indefenso. Ya no hubo un "deberíamos intentarlo" de mi parte, sólo la angustia ante el hecho consumado.
Ya no hubo esperanza alguna, sólo esa distancia insuperable entre el cadáver y nuestros cuerpos. Ya no hubo inútil resurrección, sólo esa misma distancia entre nuestros cuerpos desnudos, por vez primera en mucho tiempo, desnudos y despojados de máscaras y disfraces de cartón corrugado.
Sólo la exacta misma distancia.
Distancia cuyos puntos en la línea espacial los han constituido todos aquellos "esta vez sí", "sé que podremos" y "deberíamos intentarlo" que se plantaron, una y otra vez, sobre nuestros pechos y emplazaron allí un terreno de fango, espeso y sustancioso, que aún ahoga.
No pudo ser. Ni lejos ni cerca, ni abrazos ni palabras. Ya no.
El cadáver era ya real, y la distancia entre él y nuestros cuerpos desnudos no era más que la no existencia del amor. La distancia entre nuestros cuerpos despojados no era más que lo único real en ése momento en particular: el desamor.

