
-Qué desolador fue mi primer día de jardín, lloré y lloré toda la tarde, y la pobre “seño” se la pasó tratando de llamar mi atención con una guitarra y alguna que otra canción de mariposas, juegos y caramelos, inútil intento.
-Qué bueno era cuando no veía más que la pollera de mi vieja… decían que me escondía (literalmente) detrás de ellas.
-Qué gracioso fue cuando le convidé a una amiguita de la escuela primaria (¿era en segundo grado?) un caramelo de coco, y al rato ella me dijo “tiene algo duro”, a lo que le respondí, “no te preocupés debe ser un pedacito de coco”… “Pero es muy duro”, me insistía… Escupió lo que quedaba del caramelo… junto con un diente de leche.
-Qué extraño era entender que tenía otra hermana… que un verano apareció…
-Qué fea impresión el día que “descubrí” la muerte en el cuerpo decapitado de una paloma que seguía moviéndose por puro reflejo…
-Qué vergüenza me daba que un chico me mirara…
-Qué más bronca me daba tener que correr 4 o 6 vueltas manzanas en las “brillantes” clases de gimnasia cada vez que se acercaba la finalización de un trimestre, cuando el resto del año no habíamos hecho nada, ni siquiera batido las palmas…
-Qué poco cómoda me sentía cuando mi cuerpo crecía y crecía… (más del promedio)… y no podía ni sabía bien como manejarlo.
-Qué desilusión el día que me di cuenta que mis viejos también eran humanos.
-Qué soledad, por momentos, qué desasosiego, por otros, en la adolescencia…
-Qué sensación tan extraña mi primer beso.
-Qué bueno cuando tomé conciencia de que comía cadáver… y dejé de hacerlo.
-Qué inexplicable fue cuando me subí por primera vez a un escenario… todavía siento las sienes palpitantes…
-Qué emoción el día que algo desperté… y sigo en pleno proceso de despegar los párpados…
En fin… qué recuerdos retaceados… o que vagabundos recordados… o que retazos de recuerdos vagabundos en mi mente.

