Carla de Oyarbide

Hoy corroboré algo que ya venía sintiendo desde hace tiempo, bastante tiempo, diría casi desde que nací… Hacía mucho que no viajaba en colectivo tan temprano por la mañana, a la hora en que los preadolescentes, adolescentes y jóvenes van en bandada hacia la escuela…

No sólo me recordó lo desagradable que era tener que levantarme temprano todos los días –bueno, de lunes a viernes-, con frío, lluvia, truenos o cataclismos, abandonar el calorcito lindo de la cama, arañar -de algún lado invisible- el valor necesario para asomar primero un brazo, luego el otro, y después sí, salir a regañadientes con destino a la cocina –previo paso por el baño, obvio- para beber una taza de té con leche o lo que fuera y engullir a gran velocidad algunas galletitas o tostadas -que me acompañaban formando un conglomerado estomacal que perduraba (más o menos) hasta el primer timbre del recreo-. Luego, tras vestirme con ese uniforme tan “bonito” y preparar todas las cosas rapidito, salir, con las lagañas todavía prendidas de los ojos y el cuerpo adormilado por las menos de ocho horas de sueño, a comenzar una bien-aventurada jornada estudiantil, hacia el lugar de re-de-formación de conciencias ciudadanas… mi querido colegio Instituto Argentino Modelo… ¡que lindos tiempos aquéllos!!... Y todavía me quejaba…

Recuerdo que éramos –todavía en los 90- tan “puros” e inocentes… (¿O sólo me pareció?)

Confieso: la última vez que “jugué” o, bueno, tuve entre mis manos una muñeca tenía… ¡14 años! Auch… sí, ya sé, medio grandecita ya… Pero no me arrepiento de nada, no quemé etapas en lo absoluto…

No es cuestión de juzgar ni señalar a nadie: cada uno ha tenido –y sigue teniendo- su desarrollo, sus tiempos, su vida… en mi caso ha sido todo siempre lento, despacio, y… creo lo más importante, consciente… y no me arrepiento. Cuando el tiempo pasa, cuando las etapas de la vida se van siguiendo (porque así es el juego, así es la rueda que no para, hasta que un día, con trompetas y clarines –espero- se detiene, y para siempre… o hasta el próximo inicio de rueda, que ya es otra historia), no hay vuelta atrás.

Hoy miré a esos chicos –sí, son chicos-, observé sus caras con detenimiento, con curiosidad, con perspectiva, y me provocó una sensación extraña… a la mayoría de ellos los vi viejos, un tanto resecos, faltos de inocencia o espontaneidad o no sé que… tantos rostros –con sus respectivos cuerpos- maquillados, desdibujados, jugando el triste juego de ser adultos (¿para qué?? Si todo llega y después, no hay vuelta atrás).

Apariencias que, de algún u otro modo, no se condecían con lo que en realidad eran… chicos en pleno proceso de crecimiento, y aprendizaje.

Y menos mal que me limité a mirarlos y no los oí… porque eso merece un capítulo aparte.

Debe ser que estoy “vieja” ya… o que me he quedado totalmente “out”… ;o)